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Camilo José Cela, viajero literario
[análisis]
José Luis Campal Fernández
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Camilo José Cela, en pleno viaje a la Alcarria |
El 17 de enero de 2002 expiraba en Madrid Camilo José Cela, escritor piedra de escándalo que hizo de su existencia un espectáculo constante. Aunque CJC fundó y dirigió revistas y editoriales tan determinantes como «Papeles de Son Armadans» y Alfaguara, y publicó novelas, cuentos, poesía y teatro, en el 5.º aniversario de su muerte importa recordarlo por sus aportaciones al género de viajes.
La producción caminera de Camilo José Cela se inicia con «Viaje a la Alcarria», trayecto que emprende en el mes de junio de 1946. El recorrido por la ruta guadalajareña lo hace acompañado por el fotógrafo Karl Wlasak y con las notas que ha ido recabando se pone a redactar el libro, tal y como hoy lo conocemos, la última semana de diciembre de 1947, entregándolo a primeros del mes de enero de 1948 a la empresa que lo publicaría en marzo de 1948: la «Revista de Occidente». Sin embargo, antes de esta primera versión completa existió otra que no llegó a terminar, una versión truncada que Cela empezó a componer nada más volver de la Alcarria, usando como guión las notas que había tomado en un pequeño cuaderno de tapas de hule que llevó metido siempre en su morral. Los capítulos que escribió entonces, entre el 16 y el 26 de junio de 1946, se fueron anticipando en el semanario madrileño «El Español». La colaboración fue breve porque, cuando se llevaban publicados cuatro capítulos, ésta se interrumpió, al parecer por desavenencias del escritor con la revista.
El gusto por el viaje en el narrador de Iria Flavia se justifica por el ansia de conocimiento sobre el terreno, una clara influencia noventayochista en un autor como Cela, que se siente heredero de Baroja, personalidad a la que, indirectamente, se da entrada en uno de los capítulos de «Viaje a la Alcarria». Con todo, el sentido del viaje en los hombres de la Generación del 98 no concordará, a pesar de los lugares comunes que se dan, con la función del viaje en CJC, donde no suele haber monsergas. La inclinación por el movimiento tiene su antecedente en la obra de Cela en «Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes» (1944), novela de recreación picaresca en la que, como es lógico en el género al que pertenece, se va de una parte a otra, trabando conocimiento de ambientes y tipos variopintos, que, en términos generales, es lo que contienen los libros de viaje celianos.
El itinerario por la Alcarria nos lo cuenta Cela en tercera persona, creando el autopersonaje del «viajero», conductor de todo el relato. Éste nos va transmitiendo, en su percepción de un medio desconocido para él, no sólo formas, sino también olores, sonidos y sensaciones. Así, la presencia de la naturaleza se manifiesta en los ruidos de sus moradores: desde las esquilas de las vacas y los silbidos de los sapos o las lechuzas hasta los cantos del grillo y los ladridos de los perros. No son, por otra parte, ni parcas ni casuales las múltiples ocasiones en las que, en éste y en sus siguientes libros de viajes, posa el viajero su curiosidad en la relajante sonoridad de ríos, arroyos, fuentes o manantiales como sello determinante de un territorio. Los olores, por su lado, marcan el dibujo de estancias y personajes, como cuando nos comunica que un mendigo despide «un olor tibio, pastoso, que hace propicio el sueño».
En la elección de un territorio rural como la Alcarria hay, además, una apuesta por el campo frente a la ciudad, un regreso a la pureza arcaica de la verdad castellana, lo cual no deja de ser algo muy del 98. Cela piensa que es allí donde se cobijan menos alterados los usos y tradiciones más españolas, así como los modos de habla menos corrompidos, frente a la ciudad, que, como escribe, «son la historia en conserva». En la edición de «Mis páginas preferidas», confiesa Cela que le «apasiona el campo de España» y que «hago lo posible por demostrarlo».
Lo que Cela quiso hacer fue escribir una guía de la Alcarria de la que pudieran sacar provecho los caminantes que le sucedieran, y hacerlo sin aparatosidades ni acumulación de informaciones llamémoslas «técnicas», y sí dando cabida a recursos más literarios como la fina ironía. Esto trae como consecuencia una obra de gran sencillez expresiva pero funcional, pues constantemente anda a la caza y captura del elemento que nos diga lo más que pueda con el menor número de palabras y sintagmas, y que lo haga con belleza y armonía literarias; una sencillez que está muy estudiada y que rinde cuentas a lo etnográfico, lo folclórico, lo sociológico, lo histórico o lo artístico de la España de posguerra. El otro componente que desliga a esta obra de Cela de los libros de viajes que se escribían es que conjuga la narración de lo que va viendo, oyendo, sintiendo y oliendo, con una suerte de fabulación paralela, y así, por ejemplo, no podemos pensar que todos los personajes con los que el viajero se encuentra vayan a coincidir exactamente con personas de carne y hueso con las que Cela se tropezó en su viaje alcarreño. Críticos como Francisco García Marquina piensan que «Viaje a la Alcarria»es también una novela de aventuras porque «el viajero se mete en las situaciones más comprometidas».
A esta primera y exitosa andadura le suceden en las dos décadas siguientes otros paseos por los caminos de España que fue plasmando en formato de libro unitario, como es el caso de la caminata que hace entre julio y agosto de 1948, que apareció por capítulos en el periódico «Pueblo» y que tituló «Del Miño al Bidasoa». En ella, el escritor gallego ya ha ampliado su campo de acción, pues de una comarca, como era el caso de la alcarreña, ha pasado a patearse toda la cornisa Cantábrica, ya que en esta segunda incursión se recogen las andanzas por Galicia, Asturias, Cantabria y las provincias vascas. Vuelven a asomar la cabeza las marcas de fábrica del estilo celiano, cuales son, por ejemplo, el abundante diálogo; la lírica melancolía que le sugiere la contemplación del paisaje; las estructuras comparativas, los grupos sintagmáticos dobles o triples, o la atención a las particularidades regionales, como cuando, al paso por Asturias, dirige su interés a los hórreos que va contemplando y escribe que tales construcciones «son más grandes que los gallegos, tienen forma de inmensos cajones cuadrados y se levantan sobre pilastras de pizarra, con una rebaba en el capitel para impedir que suban los ratones». El viajero, que en esta obra empieza ya a denominarse «vagabundo», se desplaza generalmente a pie y sólo hace uso, esporádicamente, de los servicios que generosamente le prestan un coche de indiano y un camión. Eso ocurre, por ejemplo, en la franja asturiana del itinerario, entre Salas y Ribadesella. Aunque el vagabundo inicia el camino solo, en Navia va a unírsele un interesante personaje: el fabricante y vendedor ambulante de molinillos de papel Dupont, que viene a ser un estable complemento del viajero o un desdoblamiento de éste; ambos hacen el camino juntos pero sin estorbarse ni crearse conflictos, lo que hará más dolorosa la despedida en la «raya de Francia».
El recorrido asturiano en «Del Miño al Bidasoa» ocupa los capítulos que van del cuarto al noveno: entra por Vegadeo, del que escribe que «es un pueblo grande y animado, con la plaza llena de gentes y de autobuses, y un café donde se puede desayunar, y hasta repetir, si se quiere». De ahí pasa a Castropol y Navia; en el primer núcleo de población, el narrador cavila alrededor del topónimo y señala que «Castropol, en tiempos, se llamó Puebla del Castro, y Pola del Castro y, para complicar, Pola de Castropol, que suena a capicúa». Se confirma, una vez más, la erudición a ras de suelo de Cela, todo lo contrario del envaramiento y la pedantería. De Navia lo que destaca es su limpieza: «Navia es un pueblo bien cuidado, con hermosas tiendas de bisutería y bares donde se toca la radio y se juega al dominó». El trayecto oriental de la región le hace recalar en Arriondas, Ribadesella o Llanes; acerca de Arriondas, el viajero destaca su prosperidad y anota: «Las Arriondas es pueblo rico e importante, con casas buenas y chalés magníficos, en el que el paisaje vuelve a las altas y escarpadas montañas y a los hondos y angostos desfiladeros».
Tras publicar «Del Miño al Bidasoa» (1952), el caminante Cela retorna al territorio castellano, su espacio natural, el de «Viaje a la Alcarria», y realiza un recorrido por tierras de Segovia y Ávila, que dará como resultado uno de sus libros más completos: «Judíos, moros y cristianos» (1956). En el mismo, la sobriedad expresiva y la sencillez como patrón expositivo dan un vuelco y, como han subrayado sus principales estudiosos, el Cela aficionado a la etimología y la toponimia, al recubrimiento léxico de los conocimientos tradicionales, salta por encima del Cela visualizador del paisaje. Críticos como José María Castellet afirman que en esta obra «hay un juego verbal que, por excesivo, parece a veces artificioso», y que, más que un libro de viajes al más puro estilo celiano, «parece un homenaje o un monumento al castellano». La importancia de esta obra dentro de la carrera literaria de Cela la puso él mismo de manifiesto en 1963, cuando reconoció que fue «Judíos, moros y cristianos» el que le llevó a la Real Academia Española. Según sus propias palabras, se trata de un libro que le resultó «muy laborioso y difícil», y que escribió «con mucho amor y no menos respeto».
A finales de la década de los 50, las inquietudes andariegas de Cela se trasladan al Sur y recorre cuatro provincias andaluzas (Jaén, Córdoba, Sevilla y Huelva), que le proporcionarán los materiales para componer su «Primer viaje andaluz». Para el viajero Cela, Andalucía es una «pitanza que debe paladearse adobada en su propio escabeche, aunque venga a resultar indigesto para algunos estómagos delicados». En su visión andaluza, el escritor, contra lo practicado en algunas muestras anteriores, no rehúye el tópico, como indica el propio escritor cuando nos informa de que «en este libro se caminan y cuentan no pocas leguas por las que pululan muy tópicos foráneos que (...) se tienen por lo más natural del mundo». Cela se patea la mitad de la región acompañado por el recuerdo y los ecos de ilustres andaluces como Góngora, Machado, Bécquer o Juan Ramón Jiménez. Con su apoyo, el viajero Cela va captando y trasladándonos lo que le sale al paso y, tal y como es norma practicada en todos sus libros de viajes, manifestando su aprecio por la naturaleza y sus gentes, y asombrándose por la grandeza histórica y arquitectónica. Asimismo, como ocurría en «Judíos, moros y cristianos», insiste en el esmero filológico, en el primor en el cincelado lingüístico de sus paseos por las tierras de España. Esto lo capta, y muy bien, el malogrado académico Alonso Zamora Vicente, para quien «todo el “Viaje andaluz” es un chorreo de prodigioso léxico. Nombres de cocina andaluza, de peces, de pelo de animales, de hierbas, de sombreros; adjetivos casi olvidados; las múltiples parcelas del cante jondo y del flamenco... Nombres, nombres, el gran quehacer, remozar, dar plasticidad al idioma para que la realidad quede bien delimitada y sujeta». Como se ve, el prosista Cela tiene siempre presente la preocupación formalista por sacarle el mayor jugo a la rica lengua castellana, incorporando no pocas veces voces andaluzas, que se explican al final de la obra en un breve diccionario.
A mediados de esa década de los 50 Cela había contactado con el Pirineo leridano, pero no será hasta siete años después cuando decida convertir sus apuntes en «Viaje al Pirineo de Lérida» (1965); en tal determinación, se aprecia cómo Cela ha optado ya por distanciar la experiencia real y su realización literaria. El caminante recorrió las sendas del Pirineo (unas veces a pie, otros trechos en vehículo motorizado) en el mes de agosto de 1956, dando cuenta de las costumbres de sus habitantes y lamentándose amargamente del abandono que sufrían muchos de esos lugares. Sin embargo, sus notas no tomaron cuerpo literario hasta 1963, cuando, antes de constituir libro independiente, el diario «ABC» publicó la redacción del viaje en 47 entregas desde el 5 de octubre de ese año de 1963 hasta el 7 de junio de 1964. Fue, sin embargo, una versión reducida y de la que se mutilaron vocablos y giros que, dada la época y el periódico que los albergó, pudieran tomarse por malsonantes o escatológicos. Cuando apareció fue el primer libro que publicó la naciente editorial Alfaguara, fundada por el propio Cela, y recibió el premio «Vega Inclán», que concedía el Ministerio de Información y Turismo.
El último libro de viajes que acometió Cela como tal corresponde a la etapa de vejez y fue una revisitación, casi cuarenta años después, del primer escenario geográfico de sus peculiares caminatas, que, como no podía ser de otro modo, recibió el nombre de «Nuevo viaje a la Alcarria». Recuperó para la ocasión su denominación de «viajero», frente a la de «vagabundo» que había usado en la mayoría de sus peregrinajes literarios por las tierras de España. Esta segunda visita a la Alcarria la realizó en condiciones muy distintas, como atestigua el recibimiento que se le dispensó en algunas localidades. Fue más que un viaje, el paseo triunfal, en loor de multitudes, con agasajos y homenajes, con copiosos banquetes cada dos por tres, un espectáculo de agradecimiento popular por la internacionalización y fama cosechadas por la comarca de la Alcarria, y cuyo «responsable» había sido el primer libro de viajes de Cela. Fue, a fin de cuentas, el viaje-tributo al gran cronista de la comarca alcarreña, viaje en el que va recordando amigos desaparecidos con los que se había topado en su primera caminata y a los que despide con un sentido «descanse en paz». Además, en esta obra se acentúan las reflexiones sobre cómo el paso inexorable del tiempo y la mudanza de las costumbres han llegado también al lugar guadalajareño.
El itinerario de este segundo y último viaje literario a la Alcarria lo cumplimentó Cela del 5 al 14 de junio de 1985, y contra la costumbre instaurada en su paseo leridano, aquí no dejó reposar sus observaciones y apuntes, pues lo escribió en Palma de Mallorca nada más regresar, entre los meses de junio y diciembre de 1985. Al año siguiente apareció en tres cuadernillos en octavo que se regalaban con la revista «Cambio16», organizadora del viaje. En la primera dedicatoria de las tres que lleva el «Nuevo viaje a la Alcarria» reconoce Cela que «no soy joven, sino viejo; (...) no me parece haber mermado mucho porque sigo en la misma estatura de entonces, pero engordé más de la cuenta, eso sí, engordé cuarenta kilos largos, y estoy fondón y más torpe de movimientos de lo que quisiera y fuera menester». Tal y como confesará, años después, a su biógrafa Carol Wasserman, el escritor se aventuró a repetir el viaje porque quería «conocer el cambio que había hecho la Alcarria en los años transcurridos desde el viaje anterior».
Cela llevó a cabo este segundo viaje subido en un Rolls Royce que conducía una choferesa negra a la que rebautizó como Oteliña; sólo en un momento dado se apea del coche para caminar durante un breve trecho, y en otro lugar viaja en globo. Es un libro repleto de citas culturalistas, de ritmo más moroso, con erudición menos liviana y donde los frescos versos de inspiración popular que había compuesto cuando hizo el primer viaje han sido sustituidos por los que le cantan dos juglares que viajan con él y que le interpretan sus piezas cuando al escritor le entran las ganas. Por las páginas de este «Nuevo viaje a la Alcarria» deambulan numerosas referencias intertextuales al primer viaje a la Alcarria y hay, como en casi todos sus libros de viajes, una delectación en el detalle afectivo hacia los niños y los débiles en forma de diminutivos y sentimiento compasivo; hay un cuidado del elemento toponímico, de los mapas y la geografía, de la gastronomía, de la historia, del refranero como espejo de la sociedad tradicional o de los recursos naturales que esculpen el carácter de las gentes; nos habla largamente, por ejemplo, de las nueve clases de miel que se fabrican en la zona.
Volvemos a encontrar los rasgos técnicos más propios de sus demás obras, como las oraciones que se repiten en un párrafo con la misma disposición de elementos, repetidos unos tras otros, casi invariablemente; o los grupos trimembres, como, por poner un caso, cuando al relatar una deposición escribe que el viajero se pone en cuclillas y «freza con tanta alegría del cuerpo como paz del alma y tranquilidad de la conciencia». Una muestra más podríamos hallarla en la definición que hace, en los primeros compases del libro, sobre la Alcarria, de la que afirma que es un «país de hermoso nombre antiguo, sonoro y misterioso». Como en el primer viaje, vuelven a ser muy frecuentes las referencias a los motes que reciben los habitantes de los lugares que recorre: así, nos dice que «a los de Auñón les llaman ahumados y son tenidos por muy valerosos y cabales», o que «a los aloceños les llaman esculaos». Y aprovecha para criticar el progreso que trae aspectos de la vida moderna a su modo de ver negativos, como, por poner varios casos significativos, la televisión que anula los criterios personales, la proliferación de la comida-basura, el despoblamiento de los pueblos y su repoblación con gentes foráneas o la manía de darles a los niños nombres extranjeros.
A sus libros de viajes nacidos como tales quizá convendría añadir las monografías que de lugares concretos escribió Camilo José Cela a la largo de su vida: así, las que dedicó a ciudades como Ávila, Barcelona o Madrid; o a provincias y regiones como Galicia, La Mancha, Castilla y León, La Rioja o Mallorca; o a enclaves como la sierra del Guadarrama, por la que viaja a principios de los años cincuenta. Ese libro lo llamó con humildad «Cuaderno del Guadarrama» y fue escrito en enero de 1951 y publicado en diez entregas por la revista barcelonesa «Destino». Realizó su andadura en sentido ascendente, que es el lógico, desde los Cerrillos, cerca de Cercedilla, hasta el monasterio de El Paular, que es donde se pone punto final a «Cuaderno del Guadarrama», un librito en el que ya se encuentran reunidas las principales características de la faceta viajera del escritor gallego, es decir: objetivismo lírico, sencillez y claridad expresiva, amor por la anécdota mínima pero ilustrativa, caminata perfectamente medida, presencia de una galería de personajes lo suficientemente celianos, o las inevitables alusiones literarias, siendo fundamentales las que aquí consagra a Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, quien también había viajado en la Edad Media por el Guadarrama. Piensa el viajero que las palabras de todos ellos vienen a refrendar o sustentan con más autoridad las suyas propias. Y tal y como sucede en todos los libros de viajes de Cela, en «Cuaderno del Guadarrama» hay personajes de muy diversa catadura: desde los que le prestan su ayuda y le proporcionan noticias útiles hasta los que le tratan con desconsideración y le amenazan con la Guardia Civil o le infligen algún daño.
No fueran estas que he enumerado las únicas páginas de viaje que redactó Cela a lo largo de su muy prolífica carrera, puesto que a él se deben también muchas páginas más sueltas de carácter viajero que o fueron borradores de libros que al final no cuajaron, o tomaron cuerpo en su día como artículos de periódico, o constituyeron primeros capítulos de libros que no se acabaron, o simplemente fueron escritos que nacieron sin tales pretensiones; textos que en su mayoría acabaron siendo reunidos luego en libros misceláneos como «Balada del vagabundo sin suerte» o «Páginas de geografía errabunda», obra en la que se cuentan trayectos por Galicia, Cataluña, Extremadura, Salamanca o Asturias. Sobre los viajes que se quedaron en el camino o a medio escribir, huérfanos como si dijéramos, escribió Cela en el sexto tomo de sus «Obras Completas» que «varias son las crónicas de viajes que, peinadas por el inclemente escardillo del tiempo, se fueron quedando sueltas, dispersas o sin ordenar. Varios fueron los viajes truncos, los viajes mochos, los viajes quebrados y estrangulados por la una y por la otra razón; algunos son incluso anteriores al año 1948 del “Viaje a la Alcarria”».
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